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La paz se decide, se negocia, se pacta, se firma. Pero sobre todo se construye. La paz es fin, pero también es método y una manera de ver la realidad y la historia misma. En Colombia tenemos arraigada la idea de que la violencia es parte de nuestra esencia como país y pueblo.


Escrito por: Vera Grabe Loewenherz


Esta idea está instalada en la sociedad pero también en la academia, reflejo de esta sociedad pero también generadora de pensamiento y cultura. Además, siempre hay cómo demostrarlo. Pero ¿qué tal si nos ponemos las gafas de la paz para vernos de otro modo, incluso ver la violencia de otro modo? No como manera de ser, origen y destino, sino como cultura por desmontar y desarticular, desde nosotros mismos.

 

La negociación de paz en La Habana es un hecho fundamental para que Colombia supere una historia de guerras. En esta tarea están el Gobierno y las Farc. Todo indica que el proceso marcha y que la firma de un acuerdo no es lejana. El acuerdo contendrá temas esenciales y tiene la virtud de poder recoger muchas experiencias anteriores. Tanto en el mundo como en Colombia existen experiencias exitosas que aportan lecciones importantes. Con exitoso no quiero decir ausente de problemas y tropiezos, sino procesos que lograron cumplir con lo que se propusieron y generaron transformaciones, como es el caso de los procesos de paz de la década de los 90 del siglo pasado.

 

Son obviamente transformaciones parciales y procesos aun en curso, pero eso no les quita su valor. Enseñan que la paz, a partir de su firma,  desata otros procesos y nuevos conflictos. Por lo tanto demanda asumir una postura flexible, contingencias, retos y dificultades. La paz no es una varita mágica ni su ruta es despejada y fácil, pero una mentalidad de paz encuentra caminos, desde una actitud apreciativa y de valoración de lo que se logra, de confianza y de disposición a encontrar salidas.

 

Hay dos temas, enunciados, pero que poco espacio ocupan en la agenda. Son esenciales.

 

Uno: la participación efectiva de la sociedad en el proceso. La validación del proceso no es un favor que le estamos haciendo al Gobierno o al Presidente, para “su paz”. La paz también nos pertenece y no la podemos delegar. La mesa de negociaciones escucha múltiples voces y ha propiciado espacios de encuentro. Pero no tiene un diseño participativo.  Esto no nos exime de nuestra responsabilidad y posibilidad de darle a la paz diversos sentidos desde la sociedad, desde nosotros mismos: desde la paz política hasta la paz en la vida cotidiana.

 

La experiencia de más de 15 años en el Observatorio para la Paz, de construir e implementar estrategias y programas de paz como pedagogía y transformación cultural con las más diversas comunidades de Colombia, demuestra que la paz, cuando adquiere sentido en la vida cotidiana, cuando es educación en el amplio sentido de la palabra, como posibilidad de desmontarnos de lógicas violentas, miedos, prejuicios, discriminaciones, negaciones y exclusiones culturales, toma fuerza y cobra vida. Deja de ser un fin y un buen propósito y se convierte en herramienta y capacidad propia. Deja de estar solamente en manos de quienes están sentados en la mesa de negociaciones, a la espera de nuestra refrendación, y se hace nuestra.

 

Dos: la educación, entendida no sólo como aula y escuela, sino proceso de socialización en todos los ámbitos de la vida. Experiencias como las centroamericanas, en las cuales hubo acuerdos definitivos entre guerrillas y gobiernos, donde los excombatientes ocupan cargos decisivos en el poder, pero que son países con los más altos niveles de violencia cultural y social, plantean la pregunta: ¿qué tanta labor educativa real hubo en el conjunto de la sociedad para construir una nueva cultura?

 

La educación fue uno de los mayores logros de los procesos de paz de los años 90 del siglo pasado, si hablamos de reinserción. Pero la pregunta por la educación va mucho allá de la apertura de la escuela y la universidad a quienes vienen de la guerra. Este será sin duda un termómetro de la disposición de la sociedad a la reconciliación, pero es solo una parte. La educación para la paz es más que una clase. La Cátedra de Paz es, desde luego, un paso, pero la paz es más que una materia adicional.

 

Nelson Mandela decía: “La educación es el arma más poderosa para transformar el mundo”.  La paz debería ser eje rector y fundamento de todo el proceso educativo, para un cambio real de mentalidades. Hoy el reto no es solo el de firmar la paz con la guerrilla más antigua de Colombia, sino el de hacer de esta paz una posibilidad de comprendernos, repensarnos y vernos. Empieza por algo tan esencial como simple: desmontar el escepticismo y la visión que tenemos de nosotros mismos como violentos por naturaleza, y entender y aceptar que la violencia es cultural y por tanto se puede cambiar. Empieza por afianzar la idea de que una paz activa transforma nuestras prácticas, comportamientos, lenguaje, y nuestra propia historia.

 

Solamente si la paz se convierte en una posibilidad de acción activa para las personas y grupos, independiente de su historia, su condición social, su etnia y nivel educativo, será real. De lo contrario, las violencias se producen. Por lo tanto son esenciales las pedagogías para desarmar ante todo los espíritus y las mentes. Además, este campo de la paz como transformación cultural no solamente es un enorme reto para el país, sino que permite la acción de todos, desde su propio ámbito.

 

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