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1967 fue un año de cambios, guerras y revolución. La Guerra de los Seis Días dejaba en promedio cien mil muertos en medio oriente; en Bolivia era asesinado el médico y líder revolucionario Ernesto ‘Che’ Guevara; el número de víctimas fatales de la Guerra de Vietnam seguía en aumento, y a su vez, la televisión propagaba los movimientos en contra de la guerra y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos.


Escrito por: Carolina Tobar Amorocho


Pasaban otras cosas, en Argentina se publicaba Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, se realizaba el primer trasplante de corazón humano en un hospital del Cabo en África del Sur y las salas de cine se llenaban para ver Sube y baja de Cantinflas, La novicia rebelde, con Julie Andrews; y a Elizabeth Taylor y Richard Burton protagonizando Cleopatra.

Colombia respiraba aires de cambio. En un país que hasta el momento era considerado conservador y religioso, el cabello largo y las minifaldas estaban en auge, sonaba la música rebelde de Los Yetis, Los Flippers y Los Speakers. Si se trataba de fiesta, las orquestas del momento eran la de Pacho Galán y la de Lucho Bermúdez.

Por esa época, el artista colombiano Édgar Negret ganaba el primer premio a las Artes Plásticas en el XIX Salón Nacional de Artistas y según la revista Rolling Stones, los Nadaístas encabezados por el escritor Gonzalo Arango manifestaban su inconformismo luchando en contra de “los moralismos y los esteticismos tradicionales”. Todo se sacudía, hasta la tierra. Un temblor con epicentro en Campoalegre (Huila - Colombia) dejaba 83 muertos y 174 millones de pesos en pérdidas.

Las guerrillas, que hoy se están reintegrando a la vida civil, en ese entonces se enlistaban en el monte, el Ejército Popular de Liberación (EPL) irrumpía en la vida política nacional como brazo armado del Partido Comunista marxista – leninista y la guerra entre el Gobierno y las Farc empezaba a escribir su historia en los titulares de los medios.

El Gobierno de Carlos Lleras Restrepo impulsaba la Reforma Agraria y buscaba avanzar en los programas sociales a favor de los campesinos y monseñor Muñoz Duque le notificaba los párrocos del país que la misa, que hasta entonces se decía en latín, sería completamente en castellano.

Creación

El miércoles 29 de noviembre de 1967 tal vez fue un día normal. En ese entonces un grupo de melómanos e intelectuales dirigidos por Mario Posada y Raúl García empezaron a trabajar para crear la primera generación de la Orquesta Filarmónica de Bogotá (OFB) y recibir el aval del entonces alcalde, Virgilio Barco. Ese día se constituyó en papeles la OFB y ese año fue acogida por el Consejo de Bogotá. Durante 50 años ha cumplido con los objetivos de su fundación: llevar la cultura a través de la música a toda la ciudad.

Sandra Meluk, la actual directora y maestra en música de la Universidad de los Andes, asegura que “esta es una orquesta que se ha movido, que ha recorrido la ciudad que ha estado en los grandes escenarios de Bogotá, pero también en cada uno de los rincones de las 20 localidades y creo que esto es lo que ha hecho que esté tan cerquita del corazón de los bogotanos”.

La Orquesta Filarmónica de Bogotá nació en una época revolucionaria, y esto no solo hizo parte del panorama de la ciudad, sino que marcó su esencia. Se asoció a la OFB con corrientes subversivas y poco convencionales, pues dejaba de ser una orquesta para las élites y se convertía en una para el pueblo. Era una orquesta para la gente, se presentaba en la Universidad Nacional a un público en jeans, traía músicos de la cortina de hierro y tocaba obras de compositores soviéticos.

Cuando le pregunto a la maestra Meluk qué queda de ese espíritu, me responde sin titubeos: “yo creo que ese espíritu se mantiene y eso es lo que hace que después de 50 años, nosotros no digamos: ‘ay esa ya es una Orquesta de 50 años…’ No, es una orquesta viva que tiene 50 años. Se mantiene en el sentido en que la orquesta siempre está buscando nuevas cosas: nuevos públicos, nuevos escenarios, nuevos repertorios, nuevos solistas y directores para traer al país. Se ha mantenido el público joven, contrario al imaginario de la gente de: ‘No, eso es música clásica para un público mayor’.”

En los últimos dos años la Orquesta Filarmónica de Bogotá ha realizado dos estudios de audiencia que revelan que el 51% de su público está entre los 18 y 34 años. Con esto, la apuesta que tiene es fidelizar y mantener a largo plazo a estas personas que ya llegaron y aprovechar el tiempo para enamorarlas de la música desde temprana edad.

Paradójicamente, la Orquesta Filarmónica de Bogotá ha sido una orquesta sin espacio físico para realizar conciertos, aunque ha convertido el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia en su casa, donde son bienvenidos desde hace 48 años y donde realizan el 95% de los ensayos del año. La Uniandina, Meluk, considera al respecto que “la Orquesta tiene una casa que es la ciudad y esa es su razón de ser. Casa sí tenemos porque nuestra tarea es estar en Bogotá y recorrer la ciudad.”

Sin embargo, es clara la necesidad de una sede, de un espacio propio. El alcalde Enrique Peñalosa aseguró en su Plan de Desarrollo (2016 – 2020) que se le gestionará una sede. “Después de los estudios que hicimos en el primer año hemos visto que el sitio ideal para la OFB es el plan de renovación urbana del proyecto Fenicia y ahí vamos”, asegura Meluk.

A principio del siglo XX el poder ser joven y disfrutar de esa edad era un eufemismo. Los jóvenes debían ser adultos o niños, pero una edad intermedia era casi impensable. Fue en los años 50 y 60 que este paradigma cambió. La sociedad abrió un espacio para esta generación, empezaron a expresarse y a sentar su voz.

Con estas ideas se conformó la Orquesta Filarmónica de Bogotá, hoy, una orquesta profesional en todo el sentido de la palabra que está integrada por grandes profesionales de la música dedicados de lleno a ella y que saben que tienen una función de servicio a la ciudad. “Todo el equipo en general (administración + músicos) está convencido del papel transformador del arte en la ciudad. La orquesta hace música colombiana, música popular… pero siempre pensando en que le está cumpliendo a los ciudadanos.”

La música y el arte tienen una gran responsabilidad de integración y de construcción de tejido social. Ante esto, la entidad tiene varias orquestas juveniles, una práctica profesional remunerada para los muchachos entre los 18 y 26 años que cursan semestres superiores al séptimo o son jóvenes profesionales y seis orquestas que apoyan a la básica recorriendo la ciudad. Las orquestas las integran entre veintidós y setenta músicos y esto les permite tener flexibilidad para presentaciones y repertorios.

Proyección

En los últimos años la Filarmónica ha asumido una tarea muy importante, vincularse con la Secretaría de Educación Distrital en la jornada única y extendida. “Nosotros estamos presentes en dieciocho colegios de treinta y una localidades y adicionalmente tenemos convenio con siete alcaldías locales donde tenemos centros orquestales, todo es un servicio que la orquesta presta obviamente gratuito y con artistas formadores que están muy cualificados, que pasan por un proceso de selección muy importante y a los que permanentemente estamos formando en el campo de la educación musical. Yo creo que la Orquesta le está cumpliendo de muchas maneras diferentes a la ciudad”.

Últimamente la OFB ha abierto sus puertas para compartir escenario con músicos como Manuel Medrano. Para la directora esto es algo muy interesante. “La gente dice ‘¿pero la Filarmónica si quiere tocar con artistas como Martha Gómez o Esteman?’ Claro, la orquesta quiere hacer cosas distintas, quiere proyectos nuevos y cuando uno ve la respuesta del público como la que tuvimos en el Simón Bolívar con 43.600 asistentes en el Medrano Filarmónico decimos ¡claro que vale la pena! De pronto de esos asistentes algunos no habían visto a la filarmónica y dicen: ‘ah, pero sí es interesante la orquesta, voy a ir’”.

Para la organización una de las cosas más importantes es que la comunidad que está alrededor de la orquesta va creciendo. Son otros puntos de encuentro con el público, fundamentales para ellos. Es también una oportunidad para los jóvenes arreglistas colombianos porque ellos son quienes realizan las versiones especiales para esos cantantes con la OFB.

Si la Orquesta Filarmónica de Bogotá que nació el año en el que el estadio Nemesio Camacho El Campín se iluminaba por primera vez con luz artificial, tuviera que ser una obra musical, según su directora sería tal vez un mosaico de la música colombiana. “La OFB es como la ciudad, abierta, donde todos los colombianos hacemos parte de ella, donde hay gente de todas las regiones, de todos los sabores, de todos los olores y yo creo que eso tendríamos que hacer con la orquesta, ella es un reflejo de toda la ciudad. Aquí tenemos músicos de diferentes partes del mundo, de distintas partes del país, mayores, jóvenes… Parte del sonido de una orquesta está entre la experiencia de quien ha estado en ella por muchos años, sumado al ímpetu de los jóvenes que llegan y juntos logran ese sonido tan particular”.

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