SUSCRIBASE

El municipio de La Uribe, en el departamento del Meta, tristemente célebre por haber sido el centro de operaciones del comando de las Farc durante tantos años, fue víctima de una toma guerrillera el 4 de agosto de 1998. El saldo: 38 muertos de nuestras Fuerzas Militares y de Policía, y más de 25 heridos, entre civiles y militares.


Escrito por: Juan Carlos Sánchez Sánchez


De los heridos que realmente me estremecieron -yo era en ese momento Fiscal especializado de la Dirección de Fiscalías de Oriente, con sede en Villavicencio, y días después de la toma que participaron en la inspección judicial al sitio- fue un niño de trece o catorce años después de haber tenido que amputar una pierna, una causa de las heridas que dejó el combate entre el grupo subversivo y las Fuerzas Militares y de Policía. 

Para saber qué es la guerra hay que sobrevivirla, tocarla, padecerla, sufrirla en el terreno, no desde la "comodidad" de los trancones en Bogotá por los informes de la radio u otros medios de comunicación.

Casi al mismo tiempo que al niño de La Uribe le amputaban una pierna en el hospital de Villavicencio, en la Comisión de Derechos Humanos de la Universidad de Villavicencio, en la comisión de los derechos de la humanidad , concretamente en situaciones de conflicto armado, como es el caso de Colombia con las Farc. Estudio que dio como resultado el documento "Conjunto de principios para la promoción y protección de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad"; dicen algunos analistas que es el momento del nacimiento del concepto moderno de Justicia Transicional, tal y como la conocemos hoy día.

Y se pensó una justicia especial de tránsito de situaciones de conflicto a situaciones de paz, de ahí su nombre: transicional, que en su propio significado de estructuración es un aparato judicial con unas características distintas a las de la justicia tradicional, con el único fin de contrarrestar la impunidad frente a los responsables de delitos de lesa humanidad en circunstancias especialmente difíciles, como la guerra, o para el caso de Colombia, conflicto interno armado.          

Una justicia transicional que tiene como antecedentes históricos el Tribunal de Núremberg, creado por los aliados en el acuerdo de Londres de 1945, después de la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Ese Tribunal, que  tenía como objetivo específico juzgar y condenar a los líderes del nacionalsocialismo alemán que cometieron todo tipo de atrocidades en nombre de una Alemania que pensaban ellos era superior al resto de la humanidad, fue antecedente para que en el Consejo de Seguridad de la ONU se crearan los tribunales especiales para  Yugoslavia (1993), Ruanda (1994) y Sierra Leona (2000),  estos últimos con el único propósito, reitero, de superar la impunidad de los delitos más atroces cometidos en situaciones de conflicto.

El Estado colombiano tomó la determinación de estructurar, proponer y acordar el fin del conflicto armado con las Farc. Y para contrarrestar la posibilidad de generar impunidad por delitos atroces cometidos en la guerra se creó, vía acuerdo, no por derrota militar –como en el caso de Núremberg- la Justicia Especial para la Paz (JEP). Nace la JEP con unas propuestas que parten de la base del reconocimiento de delitos que cometieron los actores del conflicto en desarrollo de la guerra. Y fíjense, amables lectores que, a pesar del antecedente de la Segunda Guerra Mundial, a pesar del antecedente de Yugoslavia, y muy a pesar del antecedente de Ruanda o Sierra Leona, en Colombia la JEP emerge de un acuerdo político firmado entre las partes en conflicto, es decir, no hay vencedores ni vencidos, a pesar de que algún sector de la opinión pública en Colombia sigue pensando que las Farc estaban derrotadas, aunque al parecer “la culebrita seguía viva”.

Así las cosas, en Colombia aparece la Justicia Especial para la Paz, pensando precisamente en juzgar y condenar esos comportamientos que, por la dinámica de la guerra, fueron cometidos por los actores armados en medio de lo inimaginable que es un combate armado, y menos pensable en un conflicto armado entre hermanos nacidos en la misma tierra y producto del amor de la mujer colombiana, quien es realmente la primera víctima de este conflicto: no puede haber nada más doloroso que tener que ver a una madre enterrando a su propio hijo. 

Es por eso que la esperanza de ese niño de La Uribe, Meta -hoy un hombre de 35 años que perdió una de sus piernas por el conflicto de que no lo hizo parte la impunidad, puede ser reparado y sirva de dolorosa impronta para no cometer los mismos errores. En últimas, de lo que se trata de superar el pasado.

 

Este artículo se escribe con ocasión de la visita del profesor Douglas Cassel a Uniandinos, en el marco de Diálogos Uniandinos con Colombia.

Otros articulos de esta edición

La de Uniandinos en la costa Caribe, es ciertamente una historia que merece ser contada antes de que se diluya en el tiempo.

Edición 43 | 31 visitas
Artículos relacionados

La de Uniandinos en la costa Caribe, es ciertamente una historia que merece ser contada antes de que se diluya en el tiempo.

Edición 43 | 31 visitas