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Mariana Garcés Córdoba es abogada de la Universidad de los Andes, con especialización en Mercadeo y Negocios Internacionales. Desde muy joven se vinculó al mundo de la cultura como asistente en Colcultura, y era directora ejecutiva de la Asociación para la Promoción de las Artes (Proartes) en Cali, su tierra natal, cuando en 2010, el presidente Juan Manuel Santos la nombró ministra de Cultura. Ha permanecido en ese cargo los recientes siete años. El treinta y cinco por ciento del total de la existencia de dicho Ministerio, que acaba de celebrar sus veinte años.


Escrito por: Irma Yenny Rojas


Hablamos con ella sobre el papel de la cultura en el actual escenario de post-acuerdo que vive el país y del reto que tiene Colombia de empezar a gestar una Cultura de Paz.

¿Cuál es el rol de la cultura en el escenario de implementación de un acuerdo de paz en Colombia?

A pesar del conflicto, este Ministerio ha estado presente en las comunidades más golpeadas por el mismo, así que su trabajo una vez firmado el acuerdo es aún mayor. Creemos que se puede dimensionar en dos circunstancias. Por un lado, son los artistas los que tienen como misión en una sociedad interpretarla y muchas veces poner el dedo en la llaga, entonces a través de la literatura, las manifestaciones de artes plásticas, la danza, la música, el teatro, los artistas son intérpretes de esa realidad y la ponen en contexto y en valor de una sociedad. La otra dimensión también muy importante es la de construir tejido social. Esa es una dimensión fundamental. Un ciudadano que recibe una formación integral es una persona que tiene una actitud crítica con la sociedad en la que vive, que dirime sus conflictos a través de la palabra, del argumento, y no de las armas o la violencia; es una persona que como ciudadano integral ejerce su ciudadanía, se informa, comenta, articula, propone, construye, y ese es el segundo papel fundamental de la cultura, recomponer tejido social. En los Montes de María, por ejemplo, donde las masacres fueron tan terribles por el tema de paramilitarismo, en regiones como El Salado, durante la masacre pidieron que la comunidad interpretara la gaita, y entonces la gaita empezó a tener esa connotación de ser una música que, en vez de evocar nuestras más sentidas tradiciones, evocaba uno de los momentos más crudos y violentos para esa población, entonces volver a recuperar esos sonidos y volver a creer se hace muy bien a través de las manifestaciones culturales.

¿Qué hace el Ministerio de Cultura para llegar a las zonas con menos presencia del Estado?

Construimos bibliotecas públicas, hacemos escuelas de danza, fortalecemos las casas de cultura y los mismos procesos de las comunidades. En este Gobierno hemos construido y recuperado 464 espacios para actividades culturales, y muchos en zonas apartadas. Era impensable que Andagoya, en el Chocó, pudiera tener un teatro: hoy lo tiene recuperado.

Era impensable que San Vicente del Caguán o Cartagena del Chairá tuvieran una casa de cultura o biblioteca pública. Hoy Santa María la Antigua del Darién va a estrenar su espacio para la cultura… hemos estado marcados por los municipios donde la violencia ha estado muy presente porque sí creemos que la cultura es respetada por los ciudadanos y adicionalmente está por fuera del foco de violencia.

¿Cuál es el principal reto que afronta el país en la necesidad de crear una cultura de paz?

Somos un país que debe trabajar la tolerancia, sobre todo, frente al pensar distinto; eso sería lo más significativo desde la casa, la escuela, los espacios para la cultura como las bibliotecas. Enseñarles a los colombianos que se puede pensar distinto y respetar que se piense distinto, sin que eso implique la muerte, y que hay maneras de agenciar los temas que a uno le interesan a través de la palabra, el argumento y las ideas, y que si con eso uno no logra convencer al otro, el otro tiene el derecho a pensar distinto. Si trabajamos en ese ámbito en Colombia, la ganancia sería enorme, porque en todos los aspectos de violencia está el hecho de que yo no respeto hasta las cosas menos trascendentes, como que si usted es de otro equipo de fútbol yo lo mato porque usted defiende otro equipo y otra bandera, y en realidad hay muchos líderes que también polarizan, como si hubiera una sola manera de hacer y ver las cosas… en ese sentido, la cultura aporta a la formación integral del individuo porque las prácticas culturales implican muchas cosas que forman a los ciudadanos como seres integrales, implica trabajo personal y grupal, generosidad para que se luzca el conjunto, disciplina, dedicación, responsabilidad, valores que hacen unos ciudadanos integrales.

¿Qué rol desempeña Mincultura en el trabajo que se realiza en zonas veredales con los desmovilizados de las Farc?

Nosotros tenemos unas experiencias que parten de lo que se encuentra en la comunidad, hacemos ejercicios de fortalecimiento, la música, la danza, la cocina tradicional, estamos recuperando identidades que fueron permeadas por el conflicto. En el desplazamiento lo único que uno se lleva es su cultura y empieza a permear otros lugares del territorio nacional, y cuando es posible volver hay que recuperar todas esas tradiciones e identidades porque los jóvenes que retornan, si no encuentran esas identidades con lo que son, lo único que querrán es volverse a ir. Precisamente, ahora vamos a iniciar un trabajo en el Catatumbo, con el proyecto de Expedición Sensorial.

¿Cuál es el principal aporte del Ministerio que usted lidera en la construcción de paz?

El fortalecimiento de la lectura y las bibliotecas públicas: le hemos invertido casi el cuarenta por ciento de nuestro presupuesto en hacer de Colombia un país lector. Hemos llegado con bibliotecas móviles a las veinte zonas veredales para que no solo los desmovilizados que están concentrados en esas zonas, sino también las comunidades que no tenían acceso a esas bibliotecas, lo puedan tener… lo que hace la cultura es tejido social y abrir ventanas a otras maneras de ver el mundo y percibirse como ciudadanos, pero sin la connotación de

haber sido integrantes de las Farc. Todos los colombianos debemos trabajar de manera individual para incrementar la práctica de la tolerancia y construir un colectivo como sociedad, más sano y más productivo.

¿Cómo se mide el resultado de ese propósito de hacer de Colombia un país lector?

Ahora estamos haciendo la gran encuesta de lectura, que la queremos dejar como una línea de base ampliada, y que ojalá Colombia adquiera el hábito de hacer cada cinco años esa medición. Dentro de la población lectora, el índice es bueno: leemos 4,3 libros por habitante, lo que está por encima del índice latinoamericano, cuando nos comparamos con todos los ciudadanos, el índice está en dos libros al año. Tenemos la meta de llegar a 3,2. Los niños entre cinco y once años ya cumplieron la meta: leen 3,2 libros al año, por habitante. Las Pruebas Saber en comprensión lectora han mejorado; obviamente, ese no es un resultado exclusivo del Ministerio de Cultura, sino coordinado con el Ministerio de Educación; nosotros, a través del Plan Nacional “Leer es mi cuento”, atendemos la biblioteca pública y la casa, y Educación atiende la biblioteca escolar y el aula. Pero los planes de lectura son de largo aliento; cambiar los hábitos se estará logrando cuando los que hoy tienen el promedio de leer 3,2 libros por habitante sean adultos. Tenemos que pasar una generación.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos para aportar desde nuestro rol individual a la construcción de una cultura de paz?

Hay un trabajo individual muy importante: si cada ciudadano se levantara cada día y dijera ‘hoy no voy a agredir a nadie con la palabra’, ‘hoy voy a defender mis puntos de vista con argumentos’, ‘hoy voy a inculcar una cultura de convivencia en mi casa y en mi lugar de trabajo’, con la sumatoria de todos podemos mejorar las cosas enormemente. Pero sobre todo, cuando empecemos a hacer lo que decimos que vamos a hacer, porque ahí hay una brecha importante, entonces cuando empecemos a hacer lo que decimos, nuestra cultura va a cambiar considerablemente.

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