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Conozca la historia de esta diseñadora Uniandina, cuya recursividad la llevó a crear una solución para la desescolarización de niñas y adolescentes en África. Hoy es emprenderora de la marca social BeGirl.


Escrito por: Irma Yenny Rojas


Quiso ser médica, y se ganó una beca en la mejor universidad del país donde podía estudiar casi todo, excepto Medicina —Los Andes no tenía ese pregrado—. Decidió estudiar Arquitectura, pero el día de su matrícula eligió Diseño Industrial. Atraída por la curiosidad preguntó qué era eso. Le dijeron que era “como un inventor, como Da Vinci”, referente que Diana conocía bien porque su papá tenía un libro con las máquinas de Da Vinci que siempre la deslumbró.

Su vida ha estado llena de circunstancias que ha aprovechado bien. Es apasionada, recursiva, fuerte, talentosa, y hecha de ese talante paisa de berraquera, desparpajo y gran corazón. Aunque nació en La Florida, Estados Unidos, ella es de Santuario, Risaralda, porque desde niña decidió abrazar sus raíces. Esas de las que aún hoy, tras 14 años de vivir en Nueva York y de una trayectoria profesional destacada, se siente orgullosa.

Con el acento paisa que conserva habla sin tapujos, incluso de temas que son tabú en algunas regiones del mundo, como la menstruación. Este tema la llevó a revolucionar en Uganda las toallas higiénicas conocidas para crear una reutilizable, como solución para miles de niñas que mensualmente perdían clases, bajaban su rendimiento académico y quedaban desescolarizadas por no tener recursos para comprarlas y asumir con dignidad su condición de mujeres. Así nació BeGirl, la empresa de innovación social que Diana creó junto al ecuatoriano Pablo Freund y que ha impactado a cerca de 16.000 niñas en más de 23 países.

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Son las 8:00 a.m. del miércoles 24 de agosto, Diana conduce por una calle de Nueva York. Va con su abuela a adelantar trámites del seguro médico. Es justo el día antes de iniciar sus vacaciones y tiene la agenda llena, pero decidió que, mientras espera, hablará con nosotros. Sabemos que es diseñadora industrial graduada con honores de la Universidad de los Andes en 2002. Que ha trabajado como consultora en multinacionales como Smart Design, Nike, Panasonic y Energizer, entre otros. Que tiene una maestría en Gestión Sostenible de la Universidad de Columbia, que ha obtenido múltiples premios entre los que se destacan el Oro IDEA 2014 por diseño con impacto social del IDSA (Industrial Designers Society of America), y el Lápiz de Acero Verde en diseño sostenible con la estufa de carbón Zoom Jet de EcoZoom.

Hoy nos dejó saber que es hija de un caficultor y una trabajadora de cultivos de mora que se conocieron cuando tenían 14 años y se embarazaron a los 18. Que por incompatibilidad del tipo de sangre de sus padres, sobrevivieron 24 horas perdidos en el mar antes de llegar al lugar donde nació. Que tiene 36 años y dos hermanos, uno de 31 y otro de 21, y que su esposo también es becario del programa Oportunidades. Nos dijo que para ella BeGirl significa su vida, Uniandes sus amigos, la familia su compromiso, Colombia sus raíces, la recursividad su inspiración, la educación oportunidades, Nueva York un trampolín y el diseño su pasión.

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En 1996, en el colegio María Auxiliadora, el rector le ofreció aplicar a una beca del programa Oportunidades. Con cierto escepticismo —era inusual recibir oferta de becas en la Universidad de los Andes— empezaron los trámites. Se la ofrecieron, sin duda, por su excelente desempeño académico, pero también por un fuerte revés económico que sufrió su familia.

Pasó los dos primeros filtros, pero en el tercero, el comité de becas tuvo serias dudas. “Yo estaba muy floja en Computación y en Matemáticas. En el pueblo yo nunca había trabajado con un computador”. Fue entonces cuando Carlos Aparicio, quien era director del programa, se comprometió a nivelarla y asegurarse de que alcanzaría el nivel requerido en su responsabilidad académica. “Con sus propios recursos me consiguió clases de Computación y también unas tutorías de Cálculo… quien literalmente me abrió las puertas a esas oportunidades fue Carlos”.

En Estados Unidos, Diana apoya a Plan Internacional —entidad dedicada a la promoción de los derechos de la niñez— y periódicamente recibe publicaciones: “Estaba en mi casa y, ¿puedes creer que en esa revista de Plan estaba la historia de Carlos Aparicio? A él una persona de Estados Unidos lo apoyó para estudiar. Yo lo vi y se me movió todo, sentí como si hubiéramos cerrado un ciclo… A Carlos se le dio una oportunidad, él me la paso a mí y ahora yo se la paso a las niñas con las que trabajo”.

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En Bogotá, Diana vivió en un cuarto rentado en una casa de familia, pero andaba con “la vida en una mochila”. El inicio de su formación no fue fácil: “Yo siempre he sabido dibujar y me gusta armar y desbaratar cosas, pero pues las clases de Estética que recibe uno en un colegio público de pueblo son muy limitadas. Al punto de que uno de los profesores alguna vez le dijo “paisa, usted sí tiene un gusto muy mañé, usted definitivamente para esto no sirve”. Pero fueron más los profesores que creyeron lo contrario y le devolvieron la fe a la paisa, esa jovencita de 15 años que cargaba la responsabilidad de ser becaria y mantener un alto desempeño académico en la Universidad de Los Andes.

Jorge Álvarez fue uno de ellos, la convenció de nuevo de que ella sí servía para eso y se encargó de acompañarla dentro y fuera de su clase de Taller para que aprendiera los conceptos artísticos y de diseño que le hacían falta. “Eso es a lo que yo llamo un maestro… no es el que da una cátedra sino el que se interesa porque el muchacho aprenda. No solo a trazar líneas sino a ser un ser humano. Tuve unos profesores y unos compañeros increíbles en Los Andes, gente lindísima… y vivo inmensamente agradecida”.

Fue el mismo profesor Álvarez quien la contactó con el diseñador Alberto Mantilla, cuando en unas vacaciones Diana viajó a trabajar a Nueva York, gracias a los tiquetes que le regaló su abuela. Trabajó con los diseñadores Alberto Mantilla y Alberto Montenegro: “lo que yo aprendí fue impresionante… logré ver todas las cosas increíbles que un diseñador podía hacer. Es muy diferente estar en Nueva York. Él [Mantilla] me aconsejó muchísimo y me dijo ‘tienes que aprender esto, tienes que saber aquello’ y yo empecé a seguir al pie de letra los consejos”.

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Son cerca de las 9:00 a.m. y es hora de atender el trámite con su abuela, quien se irá a vivir con ella a Nueva York. Antes de despedirse nos contó que, siguiendo consejos, se fue a Barcelona a aprender diseño por computador. Aunque había ahorrado para pagar sus estudios, no contaba con un presupuesto para mantenerse. “Soy tan de buenas que me encuentro a una catalana que necesitaba que le cuidaran el gato porque se iba por fuera del país y resulté viviendo gratis como seis meses a cambio de cuidarle el gato y la casa”.

Regresó a Nueva York en búsqueda de una muy buena práctica y la consiguió en Smart Design. Trabajaba de lunes a viernes, y los fines de semana limpiaba casas para tener ingresos suficientes que le permitieran vivir en una de las ciudades más costosas del mundo. Con su talento se abrió camino en grandes multinacionales, diseñó desde cucharas para bebés hasta electrodomésticos. Pero no fue suficiente, quiso que su diseño fuera amigable con el ambiente y empezó su maestría en Gestión Sostenible en la Universidad de Columbia. Tomó una cátedra de otro programa y descubrió los rostros de la pobreza en Uganda, adonde fue a realizar su práctica a finales de 2011. Llegó para aportar una solución de diseño a un proyecto de estufas —y lo hizo— pero conoció la desescolarización de las niñas y empezó su sueño, BeGirl.

En 2014 dejó su trabajo en Panasonic y junto con su socio se dedicó de tiempo completo a sacarlo adelante. “Lo que más me ha tocado el corazón es saber y entender que las revoluciones más grandes se hacen con las cosas más pequeñas. Una niña de Tanzania escribía [en uno de los formularios de feedback] que lo que más le gustaba era que alguien la quería, porque había hecho esta toallita tan linda para ella y que se sentía orgullosa de ser niña. Ese fue el principio de esta aventura, porque yo dije si esto a mí no me mueve, ¿entonces qué lo va a hacer?”.

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Volvemos a conversar con Diana hacia el mediodía. Sueña con seguir trabajando en lo que ama, no le preocupa ser mamá o no serlo, vive cada día. Sus padres hoy viven en España, hace algunos años se fueron a trabajar en invernaderos de tomate. Ella se llevó a uno de sus hermanos para Nueva York, quien ya se graduó de Ingeniería Mecánica del Georgia Tech, y después los dos decidieron llevarse a su hermano menor quien estudia becado en la Universidad de Berkeley.

La educación y la equidad de género son temas que la apasionan y no descarta la política como herramienta para influir en decisiones legislativas. Hay algo que me gustaría cumplir y es llevar estos aprendizajes a niveles donde puedan tener mayor impacto.  Aquí [en Nueva York] logramos que se quitara el tax a las toallas sanitarias y tampones. Estuvimos apoyando a la concejal Julissa Ferreras. Porque uno puede hacer muchas cosas pero si a nivel de política no estamos representados por mujeres y no tenemos voz, muy pocas veces se pueden hacer cosas que impacten profundamente”.

Sueña con ver a BeGirl convertida en una empresa global que contribuya a minimizar impactos negativos en el ambiente, y en una marca que trascienda los productos.  “Que sirva para cambiar conversaciones negativas por positivas y que ayude en cierta forma a las niñas a sentirse orgullosas de ser lo que son”.

Así es Diana Sierra, una Uniandina capaz de revolucionar cada etapa de su vida y la vida de miles de personas en el mundo, desde la de su familia en Santuario, Risaralda, hasta la de las niñas en África, con su talento.

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