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La cifra es brutal. Quizá no pueda imaginarse que la cantidad de víctimas registradas en Colombia sea similar al número de habitantes en Bogotá, que para hacerse una idea de la cifra habría que llenar el Estadio Nemesio Camacho El Campín unas 190 veces, con personas nuevas cada vez, para considerar la magnitud del dolor y todo lo que eso conlleva.


Escrito por: Yulieth Mora


A enero de 2016 el Registro Único de Víctimas (RUV) de Colombia completa más de 7 millones de personas desde el inicio del conflicto armado, hace ya 60 años. Según la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, al menos el 14 por ciento de la población colombiana ha sufrido el impacto de la guerra más larga y la única que persiste en el continente.

 

La diferencia para que el registro complete 8 millones es de apenas 140 mil personas, y es probable que se supere en los próximos meses si el Proceso de Paz logra la firma para la terminación del conflicto y si otras víctimas silenciadas se suman al histórico y monumental registro.

 

CICATRICES PROFUNDAS

 

Las víctimas son desplazados, a los que les han quitado sus tierras donde tenían una vida y ahora son errantes; son secuestrados, torturados, atacados sexual, física y sicológicamente, amenazados, heridos en combate por atentados y minas antipersonas; son desaparecidos, fallecidos. Las víctimas son todas sus familias y amigos, las comunidades de las que hacen o hicieron parte, que cargan con historias desgarradoras. Una mujer asesinada por un collar bomba, un hombre que también murió cuando intentó desactivar el artefacto. Ráfagas de fusil a la madrugada, madres que pierden a sus hijos, explosiones en iglesias y escuelas. Masacres. Sillas vacías. Imágenes crueles, reales. Cicatrices profundas.

 

Paula Gaviria Betancur es abogada y especialista en Periodismo de la Universidad de los Andes. Desde hace cuatro años es la directora de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, aunque su cercanía al tema de los derechos humanos ya completa década y media. La organización que lidera está conformada por más de 900 personas que tienen como objetivo reparar integralmente a las víctimas del país. La meta es que en 2021 todas hayan sido reparadas. La directora y sus colaboradores tienen el compromiso de reparar lo irreparable.

 

Hoy hay esperanza. Las víctimas son reconocidas, están puestas en el centro de la política pública pero también en el proceso de negociación. Hoy el Estado colombiano reconoce que lo que pasó nunca debió pasar, reconoce su responsabilidad y se compromete a que nunca vuelva a suceder; no solamente expidiendo una Ley de Víctimas, sino poniendo a andar una institucionalidad y apostándole a la paz”, explica Gaviria.

 

REPARAR LO IRREPARABLE

 

Reparar no es un trabajo fácil. Reparar el dolor exige más de lo que un ser humano es capaz de comprender: toda la compasión. No solo es dinero, ni una tierra; es conocer la verdad, sentirse protegido por la justicia, es el reconocimiento que por años se les negó a las mismas víctimas, considerándolas una carga para la sociedad y hasta culpables de un destino que no eligieron.

 

La reparación no es solo una. No es una igual para todos. No es solo para uno. La reparación puede ser colectiva, para comunidades a las que la guerra les arrebató sus tradiciones, su lengua, sus territorios. Para ello se necesita identificarlas, acercarse y preguntarles si quieren o no hacer parte de este nuevo modelo. Tendrán que saber a qué tienen derecho, empoderarse; cada uno, como individuo o colectivo, merece una reparación ajustada porque el dolor y las pérdidas no son los mismos en ningún cuerpo, en ninguna zona.

 

No solo les quitaron cosas o personas, sino que también se afectó su salud emocional, su mirada de sí mismos, del mundo. Se afectó su esencia y su dignidad. Hay un trabajo fuerte que se tiene que hacer de recuperación emocional. Reparación también es eso”, dice Gaviria.

 

DIÁLOGO Y DIGNIDAD

 

Durante un evento que conmemora 20 años de la desmovilización de la Corriente de Renovación Socialista en Sucre, Eduard Ortega, líder comunal de Flor del Monte, lo dice sin miedo y con micrófonos abiertos frente a cientos de personas en su comunidad: “Sí, aceptamos. Porque aunque no nos pidieron permiso para hacer la guerra, agradecemos que hoy nos pidan permiso para hacer la paz, demostrando así que somos un pueblo pacífico, hospitalario y solidario. Un pueblo que cree que la mejor manera para resolver nuestros conflictos y diferencias es a través del diálogo”.

 

Paula Gaviria, directora de la Unidad, acompañó a la delegación de 60 víctimas que fue a La Habana y participó en la construcción de acuerdos que ya están finalizados entre el Gobierno y las Farc. Van desde la garantía de no repetición, la participación, protección y seguridad de las víctimas, hasta el esclarecimiento de la verdad. Muchos estarán de acuerdo. Muchos no lo harán.

 

Las víctimas tienen la clave en la construcción de país. Ellos tienen las pistas que no tiene otro colombiano para hacer de este un país más humano, más respetuoso, más digno, democrático. La paz se hace con ellas, oyéndolas, buscando siempre mejorar como Estado y comprender nuestra realidad fortaleciendo la diversidad”, afirma Gaviria.

 

UN NUEVO PAÍS

 

Según el documento ‘La oportunidad de la paz. Una propuesta de transformación’ de la Fundación Ideas para la Paz, “el conflicto armado ha evolucionado generando un contexto diferente, el uso de las armas para hacer política ya no es una opción, se han hecho avances inéditos en el proceso de negociación con las Farc y estamos ad portas de uno con el ELN. Todo esto nos hace pensar que es posible cerrar un ciclo de violencia política que ha durado décadas”.

 

Desde hace nueve años, María Victoria Llorente, politóloga de la Universidad de los Andes y experta en políticas de seguridad nacional y ciudadana, ha sido directora ejecutiva de la Fundación Ideas para la Paz (FIP). Esta organización se creó hace 15 años -durante el proceso de paz en el que surgió la zona de distensión del Caguán- como un centro de estudios que daba soporte técnico a las negociaciones. Su labor se ha ido transformando como ha pasado con el conflicto en el país.

 

Era una época difícil y lo del Caguán se estaba volviendo migas. Por eso se crea la fundación, pero con una convicción muy fuerte de que la salida de este conflicto era negociada. Era la paz. El mayor orgullo de la FIP en estos 15 años es haber contribuido al Proceso de Paz. Sin embargo, donde hemos creído que hay decir cosas lo hemos hecho, pero nuestro talante es más propositivo porque criticar es muy fácil”, afirma Llorente.

 

IDEAS PARA LA PAZ

 

La guerra también empezó con una idea. La paz necesita millones de ideas para que se asiente en el país. Llorente cree que en este momento existe la oportunidad de la paz y eso exige todo un reto de transformación: “Si se firma el acuerdo tendremos más trabajo. Hasta ahora empezamos. Los empresarios que fundaron esta organización lo hicieron para crear una paz sostenible. Si uno mira, hacer la paz es un pedacito, mantenerla un poquito más y construirla es el resto. No solo es el trabajo de la Fundación, sino de todos los colombianos”, explica. Por eso recientemente, gracias a sus colaboradores e investigadores, la FIP ha lanzado sus ideas para la construcción de paz. Su manifiesto propone revisar, priorizar y concentrarse en al menos cuatro aspectos para que la paz perdure en la sociedad.

 

  • Animan a considerar la importancia de los gobiernos locales, la destinación y uso equitativo de recursos en los municipios del país y el acompañamiento a los funcionarios públicos para que fortalezcan su capacidad de gobernanza para alcanzar esa autonomía territorial.

 

  • Llaman la atención por el mantenimiento de la seguridad en el país, la propuesta de un enfoque a la seguridad ciudadana y la convicción de que en un escenario de paz la Policía Nacional salga del Ministerio de Defensa y sea reubicada en el ámbito institucional.

 

  • Plantean conservar la idea de la participación de empresarios en la construcción de paz y el apoyo incondicional del Estado en la generación de oportunidades en nuevos modelos de emprendimiento para la paz, que permitan la recuperación económica de sectores devastados por la guerra.

 

  • Proponen impulsar la cultura de paz, no solo desde la educación con la cátedra de paz, sino a través de la promoción de la cultura de lo legal y las nuevas narrativas que permitan a los colombianos conectarse emocionalmente bajo los principios del reconocimiento y la reconciliación.

 

El país quedó muy tocado con la cultura de la ilegalidad y el ‘todo vale’. Es un asunto bien interiorizado. El estigma es algo que tenemos que trabajar, en nuestras relaciones, sobre cómo nos miramos los unos a los otros. Son temas de profundo calado”, explica Llorente, directora de la FIP.

 

Miles de personas en Colombia no conocen un día de paz. La guerra se quedó como si fuera una costumbre y, a pesar de todos los esfuerzos, es posible que no exista una ecuación exacta que como resultado lleve a alcanzar una idea de la paz; pues se trata de un concepto abstracto, distinto para cada ser humano. La paz llega para unos en acciones, para otros en imágenes, en palabras, en momentos. La paz no es una idea sino muchas, y se necesita la paciencia del día a día y el valor para recuperarla como sociedad. Se necesitan personas que trabajen con dedicación en la preservación de los derechos humanos, como Paula y María Victoria, como miles de colombianos que desde los rincones del país se interesan por este tema.

 

Es cierto, la cifra de víctimas es y seguirá siendo brutal, monumental, inimaginable y dolorosa, y nunca debería olvidarse. Es cierto, la cantidad de ideas para la paz también es brutal, monumental, inimaginable pero esperanzadora y nunca debería olvidarse.

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